Tokio – Japón El Contacto Divino que Confirmó mi Misión

Una historia real que cambió mi vida… y puede cambiar la tuya.

No conocía el idioma.
 No conocía a nadie.
 Pero llegué a Tokio con una misión clara:
 hablar con Yoshinori Ohsumi, Premio Nobel de Medicina por descubrir el proceso de la autofagia.

Sabía que sería difícil.
 Pero cuando uno viaja guiado por un propósito profundo, no hay idioma ni muro que detenga a un corazón dispuesto.

 

Visité todos los lugares donde él había trabajado:
 La Universidad de Tokio, el Hospital de Tokio, el Instituto Tecnológico de Tokio…

Una secretaria me dijo con amabilidad:

“Es casi imposible encontrarlo. Él ya está en un nivel de premio Nobel, conferencias y eventos internacionales.”

Pero me dio una pista:

“Su equipo suele reunirse aquí al lado, en la universidad.”

Y ahí me quedé.
 Martes… nada.
 Miércoles… nada.
 Jueves… nada.
 Viernes… se abrió una posibilidad.

 

Sentado en un banco, dos japoneses —más o menos de mi edad— con bata blanca se acomodan a mi lado.
 Respiré hondo, tomé mi traductor… y lancé la frase que lo cambió todo:

“Hola, soy Benancio Vargas, me dedico a la medicina natural y vengo de Chile… ¿podría ayudarme?”

Esa palabra —“ayuda”— fue la llave.
 El doctor me miró, sonrió y respondió:

“¿Cómo podemos ayudarle?”

 

Le conté que había viajado desde Chile para hablar con el Dr. Ohsumi, pero no lo había logrado.
 Le hablé de mi Terapia DNS: un método basado en la depuración celular, la nutrición consciente y la sanación desde la raíz.

Él se dio vuelta, habló en japonés con su compañero…
 Y entonces, sucedió lo inesperado:

“Nosotros somos parte del equipo del Dr. Ohsumi”, me dijo su colega en perfecto español.

Yo no lo podía creer. Me emocioné. Y ellos lo notaron.
 Me acogieron. Me escucharon.
 Después de responderles varias preguntas, el doctor que hablaba solo japonés se pone de pie, hace una reverencia y dice:

“Acompáñenos.”

 

Entramos juntos a un edificio antiguo.
 Me pidieron quitarme los zapatos. Me dieron pantuflas. Una bata blanca nueva.
 Pasamos por pasillos donde las personas nos saludaban con reverencia.
 Y al llegar a una sala, me pidieron mostrar mi terapia.

La leyeron. La analizaron.
 Uno de ellos tomó una pizarra y trazó dos columnas.
 En una escribió: DIETA.
 En la otra: DEPURACIÓN.

Comenzó a escribir diferencias, similitudes, mecanismos…
 Estaba traduciendo La Terapia DNS al lenguaje de la ciencia japonesa.
 Yo, con el corazón acelerado, supe que estaba recibiendo oro.

 

Al despedirse, uno de ellos me regaló la bata blanca.

“Llévesela de recuerdo.”

Luego, se ofreció a acompañarme.
 Nos sentamos en un banco frente a un árbol centenario, en el campus de la Universidad de Tokio.
 Hablamos. Compartimos. Me escuchó. Me preguntó.

Y entonces, él compartió su conflicto personal:
 su familia vivía en Europa, él en Japón.
 Amaba a sus hijos, a su esposa… pero estaba dividido.
 Y eso le afectaba.

Le pregunté:

“¿Usted cree en Dios?”

— “Sí, absolutamente”, me dijo. “Mi esposa y su familia son católicos.”

Entonces le respondí:

“Haga lo que Él nos enseñó y que está en la Biblia.”

Y le compartí el orden divino que aprendí desde joven:

  1. Dios por sobre todas las cosas

  2. La esposa o esposo

  3. Los hijos

  4. Los padres

Me miró. Me pidió que se lo repitiera.
 Y conmovido, me dijo:

“Entonces lo estoy haciendo todo al revés.”

 

Después de conversar unos minutos, llamó a su esposa.
 Le pidió perdón. Le dijo que volvería con ella y sus hijos.
 Y al colgar, me hizo una gran reverencia con los ojos llenos de gratitud.

Ese día nació lo que hoy llamo “Contactos Divinos”.
 Conexiones que no se buscan…
 se reciben cuando uno obedece al propósito.

 

Aquel día nació para mí un gran mentor.
 Me ofreció su ayuda. Almorzamos juntos. Caminamos. Reímos.
 Fuimos a un lago cercano y nos sentamos a conversar.

Lo exprimí.
 Me reveló pilares de una medicina milenaria.
 Principios, métodos, herramientas invaluables sobre autofagia, cetosis y ayuno intermitente, todos fundamentales para la regeneración celular.
 Principios que hoy fortalecen y dan vida a La Terapia DNS.

 

Al atardecer, al despedirnos por ese día, me dijo algo que me marcó como un sello de fuego:

“Su Terapia DNS cumple con todos los requisitos para sanar a una persona.
 Pero le tengo dos noticias, una buena y una mala:
 La buena: usted ha encontrado oro con su terapia.
 La mala: esta información no se la puede llevar a la tumba. Tiene que enseñarla.”

 

Ese día, mi misión quedó confirmada.

El antes: pensaba retirarme.
 El después: ese conocimiento renovó mi compromiso.
 Lo que había sentido como una carga… se convirtió en propósito.

Volví a Chile.
 Decidí atender pacientes solo los lunes.
 Y dedicar mi vida a crear cursos, formar personas, y dejar un legado de salud natural para el mundo.

 

Hoy te escribo esto porque decidí obedecer.
 Entregaré esta terapia a la mayor cantidad de personas posible.
 Porque no vine a levantar muros entre sistemas de salud.
 Vine a tender puentes hacia la sanación verdadera.

 

¿Y tú… qué estás haciendo con lo que Dios ya puso en tus manos?

¿Estás huyendo de tu propósito… o estás listo para cumplirlo?